martes, 24 de agosto de 2010

ERES

De las sorpresas, la que más nos ha sorprendido; de las coincidencias, la que más hicimos coincidir, de las apetencias la más apetecida; de las satisfacciones la más satisfecha, la más loca de las bicocas. De las noches las más tardías madrugadas y de las mañanas, la más madrugadora.

De las retiradas la más cálida y la menos comprensible, el deber más ficticio y la ficción más indebida. La más indecisa de las negociaciones y de las indecisiones la más negociada; de los desnudos el más playero; de los sudores, el menos sudado. De los disparos el más acertado.

Sonrisa a la belleza, aún a lo que no es bello y no lo eres más que cuando lo haces. Perdón sin enfado, disculpa sin ofensa, cara sin cruz y distancia sin separación. El más largo de los viajes, que ha sido en bicicleta; la carcajada perpetua tractor de fantasmas musicales y visiones dantescas, inemergible, indesenterrable, insidiosa, insurrecta.

El pez que vivió en su burbuja, el caracol que definió su sexo, el río que subió del mar que más mareados dejó a los marineros y, a los salmones, más marinados.

Polvo de sótano, prenda de armario, mecha sin fin, ruina de casa, gloria del pasado de la luz de la cueva. Carrete sin caña y foto quemada, pólvora mojada. De tantos poderes el que más pudo ser, de tantos entenderes el que mejor se dio a entender entre tanta sordera, entre tanta cojera, entre tanto duro de pierna y tuerto de oído, largo de antena; torpedos fuera.

El celo ajeno, lección aprendida por la liebre que anduvo de paseo, sobrándole contoneo. El fogueo culatero que ni levantó la perdiz ni sentó la cabeza, que le siguió la corriente a quien no quiso dejarse llevar por ella. La alegría de la huerta.

Así eres, has sido, te he visto y te escribo. Que no venga a menos y que no se quede donde está, que la pecera solo lo es porque la limita el cristal. Pero eso no es problema, no hay altura sin escalera ni rayo sin tempestad. Navega, que yo te miro desde el otro lado del horizonte.


SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.