Recuerdo cuando era niño que pasaba el verano en la playa. A lo mejor no estaba allí tanto tiempo como ahora creo, quizás mi memoria se encargó de eliminar recuerdos de días lluviosos en los que no era del todo agradable salir de casa. No importa; si hubiese que dar cuenta a alguien sobre todo lo que voy a escribir seguramente seguiría los consejos que la experiencia encarnada en carnes flojas, encarnadas y arrugadas, se encarga de hacerme llegar, mientras yo incesante y constante como en ningún otro aspecto de mi existencia encaro a despecho, y no dudéis de que ciertamente en caros apuros me hace verme mi testaruda y recia permanencia.
La playa siempre ha sido y nunca va a dejar de serlo, un lugar fuera de este mundo. Entre esas dos clases de gentes, las que se lanzan al mar y las que no lo hacen, la playa supone una barrera que distrae de su cobardía y su letargo, muerte mental, anímica, prematura, al segundo grupo: “No tenemos agallas para enfrentarnos con las mareas, el oleaje, las rachas de oxígeno nitrógeno dióxido de carbono y partículas en suspensión, viento; esa fuerza implacable e inamovible que es el mar, que sin trepar como Tarzán o Cósimo te puede sorprender arbolada; sin estar presente a alturas desmesuradas, sin pretender tocar el cielo más de lo necesario para demostrar la ira justa e imparcial aunque casi personalizable y en algunos casos personalizada, puede asaltarte montañosa; puede ser gigante, verde sin promocionar espárragos; azul, roja, negra, si alguien muestra, como bien conocemos, una falta de respeto tan grande y tan frecuente por desgracia como es poner cosas en lugares donde no les corresponden; blanca, si del esfuerzo se le caen las babas de la boca; amarilla, si está herida y alguien le echase betadine…” sería una disculpa común y nada impresionante.
Pero no hay que ir hasta la humedad salada, no es necesario mojarse los pies con un ojo en la bandera de la caseta de socorrismo y el otro en la pequeña onda que puede descolocarte el bikini para percatarse de lo judiniesca que resulta la playa. Sin trucos, sin engaños, magia pura y desnuda.
Nada más acercarte a ella ves cómo solamente los más fuertes se asientan a su vera; a los que no les importa convivir con el espíritu ermitaño de la playa, día y noche pugnando por permanecer imperturbable, que nadie la moleste, que nadie manche ese ser de otro mundo, que nadie se atreva a insinuar que forma parte de esta realidad oscura y tenebrosa que al ser humano se le metió en la cabeza llamar vida.
Esos primeros habitantes que la playa odia y a la vez necesita a su lado, son lo más vigoroso que puede existir, pues se encargan de mantener tanto los secretos del costero arenal encerrados e imperturbables, como las estupideces y los caprichos insignificantes, pero dañinos, perturbadores, de tierra adentro en sus respectivos lugares.
El primer nivel, una pequeña extensión de verdes pinos que conversando por lo bajini con el viento comparten sus rumores, y con orgullo se les puede ver manteniendo oculta la extensión azul y la anterior, clara y granulada. Por lo menos lo que tapan sus firmes, rectos, y sangrantes troncos.
A sus pies, una laguna punzante de agujas marrones evita la proliferación de cualquier forma de vida que pueda molestar en la misión de estos primeros señores habitantes, aunque nada es tan perfecto como se espera que lo sea, y sí hay una especie animal, una raza del filo de los cordados y del costal de la harina de la croqueta, el pan bimbo o la tortilla en tupperware, que es capaz de habitar tan agrestes parajes; incluso lo hace con gusto y gratitud.
Es el llamado dominguero pinaster; un ser que vive en manadas unifamiliares, normalmente con dos descendientes por pareja reproductora, aunque puede oscilar entre uno y cinco. Más es verdaderamente excepcional. También resulta habitual observar cómo estas manadas pueden juntarse entre ellas, llegando a unirse en grandes aglomeraciones con el único fin de ingerir ingentes cantidades de biomasa, así como los especímenes adultos y sobre todo los machos, agotar sus reservas de cebada fermentada u otros líquidos que hayan recolectado previamente y almacenado rigurosamente según un arte por nadie dominada mejor que estos seres: el arte del cubiculaje.
La ponen en práctica, según puede comprobarse, sobre todo a la hora de continuar su migración, cuando al caer el sol se marchan a remotos lugares, lo que trae serios conflictos entre las parejas reproductoras, que siempre terminan con la hembra permitiendo al macho que concluya la tarea como a él le plazca, pasando ella rotundamente del tema y anunciando gestos y posturas que dan a entender a observadores externos, una clara indisposición para la danza de cortejo, de la cual el macho creía ir a disfrutar a continuación, llegados a la madriguera familiar.
Recientes investigaciones indican que el dominguero pinaster es un ser despiadado y sin escrúpulos. Viven aletargados tierra adentro y desde la playa se desconoce lo que realizan durante la semana, pero cada siete días sin fallar, marchan en estampida hasta esta primera frontera, primer paso hacia el disfrute de la playa.
Su dieta se compone casi exclusivamente de cerdo en multitud de variopintas formas, tortilla de patatas y ensaladilla rusa, complementado con empanadas de diversos tipos, sardinas en ocasiones, y alguna que otra vez, paella, el apogeo del dominguerismo, portadora de una tradición, un bagaje tan amplio, tan intenso como extenso, que sería imposible incluir aquí ni si quiera una mínima síntesis de un resumen referido a lo que quiere decir la palabra paella, todos los significados que contiene y más aún la inmensidad de significantes que acarrea.
El dominguero pinaster, no deja de ser un ente irradiador de gracia e inocente ignorancia. Tan delicado y encerrado en sus costumbres que hasta es bienvenido en cualquier paraje que se preste a acogerlo, desde donde no hace falta que sea llamado, pues nadie sabe cómo, pero detecta a kilómetros de distancia los lugares idóneos para llevar a cabo sus actividades y rutinas. El problema de este especimen, es que tiene una característica que le arrebata todo el respeto que se le pueda tener, y es que hay una fuerza superior a él, un genio maligno que lo impulsa a culminar sus hábitos de socialización en el bosque perenne de una forma, cuanto menos, despreciable: no puede evitar dejarlo todo lleno de mierda.