sábado, 16 de agosto de 2008

EL CABARET QUE CAGÓ EL MONO, PARTE 1


Era un callejón oscuro, un pasadizo entre piedra, ladrillo, hierro y cristales sucios, basura, chorros de desagües, ratas, rateros, abandono, olvido. Un laberinto angosto, de angustias y molestias, cucarachas, pobreza, gatos negros y negras sombras, temerosas o temerarias, nunca se sabe. Mejor no averiguarlo.
Dicen que si te encuentras allí tu futuro solo puede gozar de dos suertes. La primera de ellas, puede ser encontrar el fondo del embudo tu propia perdición, que no empezó al alejarte de la calle pavimentada y alumbrada, sino que el incierto paradero donde te encuentras es solamente la consecuencia de muchos acontecimientos de diversa índole y orden, que te han conducido hasta aquí. Perdición. También puede ocurrir que esa suerte a la que tantas veces –y más de las que creemos– nos encomendamos, tenga un día lúcido o esté en ese instante agotada de destruir o desviar brillantes trayectorias de certeros dardos con vista de toro, tirar caballos a la cabeza de la carrera del hipódromo, lesionar delanteros centro en el último partido de la jornada, acorralar en las cuerdas al más invencible boxeador, girar monedas, en el último instante, detener bolas en el rojo en vez del negro 22, esconder los cerdos en el fondo de la baraja, los ases en la manga del adversario o las ocas en el más inaccesible corral. Si, valga la paradoja, tienes esa suerte… eres afortunado, pues contra un infinito cabecear sobre la tapia del final del túnel, serás usufructo de una experiencia reservada para unos pocos.
Trocarás el camino hacia tu perdición por un hallazgo que aunque nadie asegure que te pueda librar de ella, todo el mundo garantiza que dejará huella en tu ser, en tu persona.
Dicho hallazgo es el dar de bruces con un paraíso terrenal, un jardín, un campo, un edén, un elíseo a cuyas inmediaciones solo los alisios de la casualidad pueden llevar tu buceta; correspondiendo a tu osadía, habilidad de llevar a cabo proezas, valentía o falta de algo que perder, la decisión de adentrarte o no en una aventura de la que pocos han gozado pero que sin duda todos ellos han pasado por ella gustosos y orgullosos. Insatisfechos.
Si en tu camino se encuentran todas estas inusuales circunstancias –y aún más improbable –lo hacen simultáneamente, entonces nunca llegarás a conocer lo afortunado que eres (dado que lo eres en una medida que a ningún hombre le cabe en el cartón). Te has topado en tus andares con “El Cabaret que Cagó el Mono”. No lo desaproveches. No lo cagues, ni la cagues.

miércoles, 13 de agosto de 2008

HISTORIA DE UN HOMBRE VAGO

(Basado en un personaje real, completado con pinceladas de ficción...de brocha gorda. En la foto vemos un duelo de miradas inexistente pero que no deja de estar ahí... mares de trigo de la tierra de conejos.)


Todos alguna vez hemos tenido algún amigo. Yo quiero hablar aquí de uno en particular que ha marcado toda la vida que pasé a su lado, pues la ralentizó de forma increíble. Yo era impulsivo y precoz como los jóvenes debemos ser, pero él, él, él… él era, ¿Cómo decirlo? Un hombre vago. Era vago para todo, y tuvo la suerte entre otras de ser hijo único, pues ni para pedir el biberón se molestaba, ni hacía la carta a los reyes ni mucho menos. A él todo le iba pasando, era el centro del mundo porque era inmóvil, contradiciendo la teoría de la relatividad. Aprendió a andar para subirse al sillón, trono que nunca nadie consiguió arrebatarle. Aprendió los números para poder usar el mando de la tele, y el día que los colegas conseguimos llevarlo a un bar, puso de moda jugar al futbolín desde un taburete. Cierto día tuvo que emigrar, y fue a Inglaterra, donde se ganó el apodo de "Man whith the pocked-hand". Al final decidió que la minería no era lo suyo, así que volvió a casa de sus padres con unos ahorros y ahí está, ¿a que no saben qué hizo? Pues nada menos que ganarse la vida… se compró un taxi. Paradójicamente y aunque no tuviese prisa por llegar al más allá, ahora pienso en él, mientras su madre llora su entierro. Resulta extraño que muriese de hipertensión… paradojas.
SOBRE SU VIDA QUERÍA DAR MUCHOS MÁS DETALLES Y CONTAR MÁS AVENTURAS SUYAS, PERO ME CANSÓ TANTO HABLAR DE ÉL. IMAGÍNENSE.

LA PLAYA CAPÍTULO 1

Recuerdo cuando era niño que pasaba el verano en la playa. A lo mejor no estaba allí tanto tiempo como ahora creo, quizás mi memoria se encargó de eliminar recuerdos de días lluviosos en los que no era del todo agradable salir de casa. No importa; si hubiese que dar cuenta a alguien sobre todo lo que voy a escribir seguramente seguiría los consejos que la experiencia encarnada en carnes flojas, encarnadas y arrugadas, se encarga de hacerme llegar, mientras yo incesante y constante como en ningún otro aspecto de mi existencia encaro a despecho, y no dudéis de que ciertamente en caros apuros me hace verme mi testaruda y recia permanencia.
La playa siempre ha sido y nunca va a dejar de serlo, un lugar fuera de este mundo. Entre esas dos clases de gentes, las que se lanzan al mar y las que no lo hacen, la playa supone una barrera que distrae de su cobardía y su letargo, muerte mental, anímica, prematura, al segundo grupo: “No tenemos agallas para enfrentarnos con las mareas, el oleaje, las rachas de oxígeno nitrógeno dióxido de carbono y partículas en suspensión, viento; esa fuerza implacable e inamovible que es el mar, que sin trepar como Tarzán o Cósimo te puede sorprender arbolada; sin estar presente a alturas desmesuradas, sin pretender tocar el cielo más de lo necesario para demostrar la ira justa e imparcial aunque casi personalizable y en algunos casos personalizada, puede asaltarte montañosa; puede ser gigante, verde sin promocionar espárragos; azul, roja, negra, si alguien muestra, como bien conocemos, una falta de respeto tan grande y tan frecuente por desgracia como es poner cosas en lugares donde no les corresponden; blanca, si del esfuerzo se le caen las babas de la boca; amarilla, si está herida y alguien le echase betadine…” sería una disculpa común y nada impresionante.
Pero no hay que ir hasta la humedad salada, no es necesario mojarse los pies con un ojo en la bandera de la caseta de socorrismo y el otro en la pequeña onda que puede descolocarte el bikini para percatarse de lo judiniesca que resulta la playa. Sin trucos, sin engaños, magia pura y desnuda.
Nada más acercarte a ella ves cómo solamente los más fuertes se asientan a su vera; a los que no les importa convivir con el espíritu ermitaño de la playa, día y noche pugnando por permanecer imperturbable, que nadie la moleste, que nadie manche ese ser de otro mundo, que nadie se atreva a insinuar que forma parte de esta realidad oscura y tenebrosa que al ser humano se le metió en la cabeza llamar vida.
Esos primeros habitantes que la playa odia y a la vez necesita a su lado, son lo más vigoroso que puede existir, pues se encargan de mantener tanto los secretos del costero arenal encerrados e imperturbables, como las estupideces y los caprichos insignificantes, pero dañinos, perturbadores, de tierra adentro en sus respectivos lugares.
El primer nivel, una pequeña extensión de verdes pinos que conversando por lo bajini con el viento comparten sus rumores, y con orgullo se les puede ver manteniendo oculta la extensión azul y la anterior, clara y granulada. Por lo menos lo que tapan sus firmes, rectos, y sangrantes troncos.
A sus pies, una laguna punzante de agujas marrones evita la proliferación de cualquier forma de vida que pueda molestar en la misión de estos primeros señores habitantes, aunque nada es tan perfecto como se espera que lo sea, y sí hay una especie animal, una raza del filo de los cordados y del costal de la harina de la croqueta, el pan bimbo o la tortilla en tupperware, que es capaz de habitar tan agrestes parajes; incluso lo hace con gusto y gratitud.
Es el llamado dominguero pinaster; un ser que vive en manadas unifamiliares, normalmente con dos descendientes por pareja reproductora, aunque puede oscilar entre uno y cinco. Más es verdaderamente excepcional. También resulta habitual observar cómo estas manadas pueden juntarse entre ellas, llegando a unirse en grandes aglomeraciones con el único fin de ingerir ingentes cantidades de biomasa, así como los especímenes adultos y sobre todo los machos, agotar sus reservas de cebada fermentada u otros líquidos que hayan recolectado previamente y almacenado rigurosamente según un arte por nadie dominada mejor que estos seres: el arte del cubiculaje.
La ponen en práctica, según puede comprobarse, sobre todo a la hora de continuar su migración, cuando al caer el sol se marchan a remotos lugares, lo que trae serios conflictos entre las parejas reproductoras, que siempre terminan con la hembra permitiendo al macho que concluya la tarea como a él le plazca, pasando ella rotundamente del tema y anunciando gestos y posturas que dan a entender a observadores externos, una clara indisposición para la danza de cortejo, de la cual el macho creía ir a disfrutar a continuación, llegados a la madriguera familiar.
Recientes investigaciones indican que el dominguero pinaster es un ser despiadado y sin escrúpulos. Viven aletargados tierra adentro y desde la playa se desconoce lo que realizan durante la semana, pero cada siete días sin fallar, marchan en estampida hasta esta primera frontera, primer paso hacia el disfrute de la playa.
Su dieta se compone casi exclusivamente de cerdo en multitud de variopintas formas, tortilla de patatas y ensaladilla rusa, complementado con empanadas de diversos tipos, sardinas en ocasiones, y alguna que otra vez, paella, el apogeo del dominguerismo, portadora de una tradición, un bagaje tan amplio, tan intenso como extenso, que sería imposible incluir aquí ni si quiera una mínima síntesis de un resumen referido a lo que quiere decir la palabra paella, todos los significados que contiene y más aún la inmensidad de significantes que acarrea.
El dominguero pinaster, no deja de ser un ente irradiador de gracia e inocente ignorancia. Tan delicado y encerrado en sus costumbres que hasta es bienvenido en cualquier paraje que se preste a acogerlo, desde donde no hace falta que sea llamado, pues nadie sabe cómo, pero detecta a kilómetros de distancia los lugares idóneos para llevar a cabo sus actividades y rutinas. El problema de este especimen, es que tiene una característica que le arrebata todo el respeto que se le pueda tener, y es que hay una fuerza superior a él, un genio maligno que lo impulsa a culminar sus hábitos de socialización en el bosque perenne de una forma, cuanto menos, despreciable: no puede evitar dejarlo todo lleno de mierda.

¡RETOMÉMOSLO!

Te cubría un fular
El cuello, nada más.
El resto, insistía el sayal
En mostrar
Tu poca vergüenza
Sin más.

Alegre en el bar
Bailabas sin par
Y bailar y bailar
Acercarte, estrechar
Una mano a tientas
Tu mirada atenta
La puerta entreabierta
Y eso… que guay,
De par en par…

Si algo hay
Que destacar
De la oscuridad
Fue esa rumba
Del pectoral
Por tus besos, a solas
Bajo las farolas.

Y enroscados sin frío
Pero con sumo brío
Ombligo y ombligo.
El trucho en el río
Vive más tranquilo.

En un parque
Sobre la hierba,
Tú con Marte,
Yo con Minerva.
Me enervaba
El cinturón
Y tu alpargata,
No molestó.

Con sus mocos devorados,
Urano envidiando
Que gozase
Con mi pareja,
Mandó un chepa,
De la madera,
Policía
Guardia urbano


A decir, que un ciudadano,
Se le estaba quejando
Por el destrozo
Del enraizado
Y ese alboroto
Incontrolado.

En la mano
El endiablado
Traía esposas,
No mariposas.
Y la otra
¡Cacho porra!
No venía
En son de paz.
Corre más,
Corre más,
Olvídate
Del fular.
Vamos, aprisa,
Ni por la camisa
Me voy a parar.

Landelino Ladilla
Nos perdió la pista
En una esquina.
Sin nadie a la vista
Y sin dilación…
Retomamos

El revolcón