
Dicen que si te encuentras allí tu futuro solo puede gozar de dos suertes. La primera de ellas, puede ser encontrar el fondo del embudo tu propia perdición, que no empezó al alejarte de la calle pavimentada y alumbrada, sino que el incierto paradero donde te encuentras es solamente la consecuencia de muchos acontecimientos de diversa índole y orden, que te han conducido hasta aquí. Perdición. También puede ocurrir que esa suerte a la que tantas veces –y más de las que creemos– nos encomendamos, tenga un día lúcido o esté en ese instante agotada de destruir o desviar brillantes trayectorias de certeros dardos con vista de toro, tirar caballos a la cabeza de la carrera del hipódromo, lesionar delanteros centro en el último partido de la jornada, acorralar en las cuerdas al más invencible boxeador, girar monedas, en el último instante, detener bolas en el rojo en vez del negro 22, esconder los cerdos en el fondo de la baraja, los ases en la manga del adversario o las ocas en el más inaccesible corral. Si, valga la paradoja, tienes esa suerte… eres afortunado, pues contra un infinito cabecear sobre la tapia del final del túnel, serás usufructo de una experiencia reservada para unos pocos.
Trocarás el camino hacia tu perdición por un hallazgo que aunque nadie asegure que te pueda librar de ella, todo el mundo garantiza que dejará huella en tu ser, en tu persona.
Dicho hallazgo es el dar de bruces con un paraíso terrenal, un jardín, un campo, un edén, un elíseo a cuyas inmediaciones solo los alisios de la casualidad pueden llevar tu buceta; correspondiendo a tu osadía, habilidad de llevar a cabo proezas, valentía o falta de algo que perder, la decisión de adentrarte o no en una aventura de la que pocos han gozado pero que sin duda todos ellos han pasado por ella gustosos y orgullosos. Insatisfechos.
Si en tu camino se encuentran todas estas inusuales circunstancias –y aún más improbable –lo hacen simultáneamente, entonces nunca llegarás a conocer lo afortunado que eres (dado que lo eres en una medida que a ningún hombre le cabe en el cartón). Te has topado en tus andares con “El Cabaret que Cagó el Mono”. No lo desaproveches. No lo cagues, ni la cagues.
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