martes, 27 de julio de 2010

VIUDAS DE LA DUDA:

El amor se ha ido, la pasión desaparecido y esa chispa que nos unía quizás desvanecido. La exclusividad echada a perder, la virtud ultrajada y la picardía, antes cómplice carcajada hoy es cínica sarna. Esos kilómetros no son nada; ni nos separan, pero no la quieres la vida esforzada; y luego venir con esas, con duelos y chorradas. Nunca te diré pero has de saber que me siento ultrajada, cortejada por la espalda y apuñalada a la cara. Furioso bocajarro, feroz indiscreción, atroz devenir de flirteos dramáticos.

Ni siquiera la quieres, si quisieras la amabas y si la amases no dibujarías mis sonrisas en tu cara.

El mismo papa te vende las bulas ¡y vaya unas! Que te protegen de la responsabilidad con habilidad para escoger la coartada cierta, y en la manga descubierta siempre la excusa preparada.

Ya lo sabes, te lo di todo. Incluso lo que no supiste pedir, por lo que no preguntaste. Y ahora este robo dejándome aquí, imaginándome tu silenciosa huida hacia un árbol cuya sombra más se arrima, druida de otra copa, muérdago que con la misma delicadeza y hoz cortas, mago de otra sal, asesino de otro mirar, curandero que cocinas infusión del mismo costal.

Atravesando corredores llegas por la puerta grande amablemente invasivo como sólo tú sabes pero después, ladino, tanto como el mal trago del temporal capeado, del farol que deslumbra el tapete, sigues adelante abriendo la mano para soltar aquella que guiabas y conducías a través de las tierras quemadas. Continúas, desvergonzado, desapareces por praderas cultivadas de maíz y corazones a flor de piel, sentimientos talados de raíz, deseosos de barniz y olvidados por el hachís.

Y a tu paso quedas vacío de etílica alegría. Que no vuelva a crecer la hierba, que no vean mis ojos la caída de tu busto, la agonía de los rostros que besarás con tiento refractario e imaginario para después enterrar en polvoriento anticuario, almacén de tus pórticos abiertos, taller de tus amargos recuerdos y tumba de mi más esforzado empeño.

Soy consciente y sé que el mayor daño lo hace mi incapacidad para olvidar tu calor, que ni nace ni pace, el tesón abrumador que me enamoró, que junta mares y denota una diferencia oprimida bajo una desorientación que te colma de impaciencia.

Soñaré la envidia del portón al que eches llave; pero hasta aquella, recordaré que no eres malvado, y mi receta es que tengas buena estrella en el afilado de tu arado pues sólo me comprenderás cuando tu campo esté labrado y sembrado.

Ese día, harto del devenir entre la libertad y la soledad, la empatía inundará los amores arrastrados.

Y entonces comprenderás, y serás alguien que sí valga la pena amar.






SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ 21/12/2009

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