TU TURNO:
Loco es quien haya estado en la playa sin pararse a buscar tesoros. Los tesoros son las cosas bonitas que se encuentran. Es preferible que no tengan dueño, y si lo tienen no debe ser un conocido; ya no serían tesoros sino parte de la familia. Aunque en caso de existir un dueño desconocido, puede llegar a ser un problema.
Da igual el valor de un tesoro, por definición es infinito en todos ellos. Evaluarlo sería mancharlo y hundirlo en el pozo negro de la economía, monstruo loco devorador que no conoce la belleza más que como aperitivo para el plato fuerte, la vida de los hombres. El simple hecho de encontrar un tesoro nos ilumina la cara con una alegría tal, que entendemos por qué algo así necesitaba una palabra tan bonita para ser nombrada.
Para encontrar un tesoro solo hay que echar a andar, seguir las aspiraciones, dejarse guiar por ellas. Los tesoros en la playa pueden ser muchas cosas, desde conchas y ojos vidales, cucos y esqueletos hasta boyas, redes, nasas y trozos de cosas que el hombre ha metido en el mar. Y no hay playa sin tesoros; solo para los locos que no quieren hacerles caso, los que no quieren agacharse a recogerlos, a bañarlos en el mar y admirarlos, imaginar y descubrir o no para qué servían antes de ser tesoros. Quitar el tapón o romper la botella y desenrollar el papel que contiene el mensaje.
Y lo son, de remate. Y sus vidas son tristes y fracasadas. Son guapos y son feos, ricos y pobres, listos o no tanto, jóvenes o viejos, pueden ser cualquiera. ¿Tienen cura? Claro que sí; muy difícil pero posible, en eso debemos creer los cuerdos. Esa gente, la gente que se ha rendido, la gente que resopla de furia porque es lo único que les queda, la gente que suspira de cansancio porque es todo lo que tienen, son los que han perdido el norte, las pasiones. Han olvidado los empecinamientos insistentes y hambrientos, ansiosos por conocer, por ir más allá, por descubrir que da igual cuánto se sepa, que lo mejor es encontrar el tesoro, el disfrutarlo y sonreírle y hablarle.
Aunque no lo sepamos o no nos parezca importante, la aspiración última es descubrir que todas las anteriores solo estuvieron ahí para encontrar tesoros, y solo de pasada. Darse cuenta al final de todo, de que lo que permanece con nosotros es el momento de encontrar cada uno de nuestros tesoros, el recorrido, lo bonito. Ser conscientes de que todo eso solo ocurrió porque teníamos aspiraciones, y fuimos a buscar las que no teníamos, y las seguimos hasta percatarnos de lo hermoso que ha resultado a toro pasado. Qué dulce, qué salado, qué luminoso y grácil. No importan ni la derrota ni los malos tragos, las líneas liadas o las vacas flacas; ni el moco de pavo.
Porque estamos cuerdos, hemos encontrado infinitos tesoros. Las sonrisas son un tesoro, las gracias, los buenos días, lo espléndido, la no contraprestación directa, los besos las caricias y algunos mordiscos, y los dientes que nos han mordido y sus bocas; los días, los que recién ha llovido, en los que lo vuelve a hacer, en los que han nacido niños, en los que no teníamos qué perder.
Bañarse en la playa es un tesoro, y bañarse desnudo, y secarse y encontrar tesoros. Un tesoro es saber que te quieren, y sentirse querido, y querer, y que sepan que los quieres. La familia, la soledad y la libertad; la cordura.
Tú lo eres.
La vida es un tesoro, y vivir es encontrarlo al fin; aunque no queramos, siempre que busquemos. Mantendremos la cordura, porque también es un tesoro inspirar a los derrotados.
Lo que nunca le faltará a ningún cuerdo, es algún loco que le escriba una carta y la meta en una botella. Atención al mar.
SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.
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