lunes, 3 de noviembre de 2008

ASTUCIA E INDECISIÓN

Y ESE DÍA, LA INDECISIÓN VENCIÓ A LA ASTUCIA.
La astucia. Es la principal característica que realza a las personas y las hace respetables, dignas. No hay que poner el listón en lo perfilado de una nariz, lo azul de unos ojos, lo peinado de un cabello, lo musculoso de un brazo, la uniformidad o el brillo de una dentadura, el volumen de unos senos, la longitud de unas piernas, lo estilizado de una silueta, la pronunciación de una curva, la dulzura de una voz, la ausencia de vello, el contoneo de un esqueleto o la suavidad del epitelio. Tampoco, ni mucho menos, situarlo en el grosor de una cartera, la diversidad de posesiones inmuebles, lo desbordante de una nómina, lo afortunado de una herencia, la profundidad del agujero que guarda el cofre, la veintena de minutos, el número de tarjetas y lo limpias que estén, los quilates de las ornamentaciones, lo persa de un perfume, lo jurásico de unos zapatos, lo úrico de una mariscada, las docenas de un güisqui, la altura de una chistera o la cuerda de un peluco.
La astucia, el saberse comportar y actuar en las más espontáneas y variopintas situaciones. Es la gran virtud: adelantarse navegando a través de la virtualidad de la mente (que no necesariamente el virtuosismo) hacia un futuro próximo y lo menos hipotético posible, véase, lo más cercano a lo que después ocurrirá. Todo para actuar convenientemente, o correctamente, o sencillamente salir del mal trago tan airoso como el portero que ve un rebote en el larguero.
Lo malo de conocer una virtud es que tendemos de forma inconsciente a creernos poseedores de ella. Así me creí yo cierto día en cierta estación de buses, cierta noche después de un ciertamente cansino viaje, al encontrarme con un hombre, por qué no, peculiar; y cierto, también un tanto curioso. Mi mente empezó a actuar pero se le escapó de las manos la predicción y tuvo que ordenar salir por patas. Miedo a lo hipotético.
Al bajar del coche de línea, como dicen los viejos, una sensación fisiológica en el bajo vientre hizo que buscase con ansia el meódromo más cercano, y di con él. En la sala había un hombre, que no tardé en descubrir que iba a ser el segundo y celebérrimo protagonista de esta amalgámica situación.
Describirlo resultaría muy fácil, por lo menos la impresión que podría extraer de él a primera vista: un hombre de unos cuarenta y pico años, o por lo menos demacrado hasta esa edad, envuelto en pantalones y chupa vaquera, camisa arrugada y no porque se la vendiesen así, algo puesto de zapatos y unas gafas que lo salvaban de ser un yonqui en toda regla, haciendo ver que en el fondo tiene o ha tenido una vida en un principio favorable, pero que se fue de las manos o que no ha cuajado lo que se pretendía. Delgadez extrema, un ligero encorvamiento del conjunto vertebral, una cara pequeña de mandíbula saliente, dientes sucios, sonrisa torcida, nariz larga y tortuosa; eso sí, bien afeitada, bien por la casualidad o bien porque sus días son contrapuestos a sus noches.
Con su pelo corto, pero despeinado, detrás de unas entradas paulatinamente adversas, rondaba el espacioso, cargado y maloliente habitáculo que eran los pegajosamente azulejados baños de aquella estación de buses, como dicen los jóvenes. Así surgió el señor Lewis (vamos a llamarlo así), de uno de los cagaderos, justo en el momento en que yo esquivaba gaceleando con dificultad entre las lagunas de Ruidera, uno de tantos socavones orinados.
Después de cruzar su mirada con la mía, entró y salió, entró y salió, entró y salió, entró y salió de todos y cada uno de los cubículos dedicados a las cosas serias que se hacen en cualquier baño público.
Presentimiento: va a pasar algo. Acertado.
Se acerca a mí, inseguro como un perro callejero de dientes sucios y babeante que intenta cazar el ganso del parque, sabiendo que está bien jodido, que no lo puede conseguir, pero el hambre lo obliga a acercarse.
-¿Perdona, tienes papel?
Presentimiento: Ah, bueno, solo quiere hacerse un porro. Veremos que erróneo.
- Sí, claro, si esperas, que ahora me pillas ocupado.
De repente y misteriosamente, le entran las ganas de mear, y se sitúa en el recipiente contiguo al mío para llevar a cabo la ejecución de una desperdiciada lluvia dorada, al tiempo que se salta a la torera esa regla no escrita de dejar por lo menos un meadero entre el desconocido y tu persona, siempre que sea posible. Agresión.
Agresión que me hizo comprender por fin eso que se conoce como espacio vital; pero mayor y más violenta agresión todavía, fue violarlo totalmente encorvando aún más su escuálida espina dorsal de escualo para admirar mi poya. No quiero decir que sea algo admirable, sobre ello cada persona saca sus conclusiones. El señor Lewis así lo hizo, y descaradamente, por cierto. No es que echase una ojeada discreta para comparar, por simple aburrimiento. NO.
Presentimiento: Es un marica desesperado. Francamente, acertado.
La erección le duró hasta que clavé la mirada en sus lupas, esforzándome por parecerme a Frodo frente a Gollum, recurriendo a lo más adolescente de mi instinto, pues a los adolescentes se les da bien eso.
La reacción fue una ráfaga de sonrisa-decepción como un disco rayado, a una velocidad de vértigo. El perro se dio cuenta de que la oca también tiene dientes. Su complicidad se perdió con la lluvia, y quedó a merced del viento de mi compasión.
Había suficiente marrón como para gritarle unas cuantas cosas y destruir el débil resplandor de la escasa autoestima que le quedaba, pero no sería justo, o divertido, así que busqué en el zurrón (por no decir mariconera) el librillo y el brillo del OCB. No llegué a encontrarlo.
Señalando a su nariz o al ano que tenía por boca, soltó un flatulento murmullo acompañado de una metralla que, en estos casos, nunca hay tiempo de esquivar:
- ¿Ves? Lo tengo aquí.
La astucia había fracasado en su misión de existir, y me di cuenta caminando hacia casa meditando sobre la pintoresca situación. Pero antes, desenlace:
- Pasa de mi, colgao.
Postsentimiento: SÍ, ERA UN MARICA DESESPERADO Y FRACASADO, PERO SOLO QUERÍA SONARSE LOS MOCOS. EL RESTO, SERÍA UNA LOTERÍA. Qué mal me porté…

Mejor pensar un poco menos en la astucia, y más en la prudencia.

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