lunes, 24 de noviembre de 2008

¡¡NO LO HAGAS!!

Eran casi las cuatro, de madrugada. La noche abierta de piernas sobre las luces de la ciudad. Una ciudad que carece de encanto, pero aquí estamos. Cómo me gustaría hablar de lo desgraciado que soy, de lo triste de ese día en el que tiré por la borda a una sirena de cantos mudos creyendo que así terminaría mi odisea.
Yo la miraba. Sus medias tenían una carrera, su abrigo estaba manchado y sus labios demasiado repintados. Olía a alcohol barato y sus pasos serpenteaban por las aceras de camino a mi casa, si se le puede llamar así. No me gustaba el panorama, pero había que hacerlo, había que afrontar las responsabilidades y zanjar las cuentas pendientes. Aparte de eso, en el fondo nos apreciamos y ese día solo fue una toma de conciencia, un bajar del olimpo a tierras mortales y verdaderas.
Donde las aceras que a ella le resultaban tortuosas se cruzan con los rectilíneos y metálicos senderos del ferrocarril, te encontramos a ti. Eras joven, y rubia, y guapa. La maratón de tus medias, tu abrigo destartalado y tus labios emborronados no decían nada bueno. Seguramente todos los olores, por rancios que fuesen, habían huido de tu compañía. No te quedaba nada. Te contorsionabas entre cantos amargos de agonía y desesperación. Sola, sentada a los pies del muro, en tu propio gueto, sollozabas, te morías.
Observamos cómo las escasas almas que arrastraban sus zapatos por tan siniestros parajes seguían de largo, ni se inmutaban. Tenías problemas, pero yo tenía los míos y ahí te quedaste, a mi pesar. Cada cual que atienda a su oficio. Entramos en el portal.
Debatimos, y tú también te debatías. Retrocedimos, nos acercamos, observamos y te ofrecimos cuanto estuviese en nuestra mano. Dijiste no necesitar nada, solamente soledad, que nos fuésemos, que vivías cerca, no había problema. Y una mierda.
Confiamos en los cuerpos del estado, llamamos a las autoridades competentes y dejaron en claro que no lo eran. Desde el balcón, allá abajo te levantaste al poco rato. Estabas demacrada. Reptaste como pudiste y te adentraste en el que sería tu tártaro, el portal de enfrente. Con esto la voz de la supuesta justicia y el orden público consideró el mal trago zanjado, y cortó la llamada. Ignorante.
Diste en medio de la escalinata con uno que se creía dios, un dios repugnante. No le rezaste; en todo caso a su madre, a la inocente madre que trajo tamaña bestia a este mundo. Rezaste con las palabras más atronadoras y los chillidos más desgarradores que haya oído jamás. Lo sé porque lo oí. Lo oí, lo oyó ella y lo oyeron unas cuantas almas, y sus zapatos que pasaban por allí, y otras tantas a las que indudablemente arrebataste de brazos de Morfeo. Pero nadie hizo nada, y yo también tenía mis problemas.
Acababas de firmar tu sentencia, acababas de condenarte, acababas de suicidarte. ¿Qué suicidio más inútil que ese? ¿Qué camino hacia la muerte más estúpido que el tuyo? No mereces nada, no lo mereces. No vales nada, no lo vales. ¿Por eso lo hiciste? ¿Por eso dejaste que ocurriese? Desconozco tus aspiraciones… pero lo que he visto no lo acepto, y no puedo comprenderlo. Puedes seguir gritando, puedo encontrarte mañana en la misma situación, en el mismo sitio, con las mismas medias, el mismo abrigo y el mismo dolor. Volveré a intentar ayudarte, pero no volveré a fiarme de ti, no volveré a dejar que lo repitas. Te devolveré tu olor. ¡No lo hagas! ¡No te suicides!
Desde el séptimo cielo, lo vimos todo. Se nos cayó el alma a los pies, pero teníamos nuestros problemas; los tuyos, ya los resolvería el periódico al día siguiente. Desde esa noche no follamos… ¿y tú?
¿Que fue de ti?

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL CABARET, PARTE 2:


¿Que yo cómo lo conozco? ¿Que cómo dí con él? ¿Que si es tan misterioso cómo se permite que un simple mequetrefe como yo haya entrado en un sitio tan reservado? Amigo mío, tú acabas de llegar, ¿a que si?
Aquí las reglas las pone cada uno; esto es solamente un templo, a quien rece cada cual no es asunto de nadie. Cada persona que ahora mismo nos rodea ve lo que tú ves; desde un lugar diferente. Tú no sabes que esos mal rimados versos que has invitado a la camarera a escuchar no la han deleitado como tú piensas, ni mucho menos. Se ha cabreado y en ese vino que ahora apuras entre guiño y guiño creyendo que yo soy incapaz de observar la mitad derecha de tu cara, hay escondido un señor gargajo, diría incluso que sanguinolento, proveniente cuanto menos de lo más profundo de la faringe de aquel señor barbudo cuya mirada insistente te pone nervioso al no saber el porqué de sus observaciones.
Se nota que eres nuevo, necesitas tiempo. Es difícil acostumbrarse a este lugar, pero si de verdad eres quien pienso que eres, no te rescaté del callejón para nada y te acostumbrarás pronto y encontrarás aquí la historia perfecta que podrás publicar, y a la gente aquí le agradará tu conversación porque serás quien inmortalice su memoria, y los que no quieran contarte la suya le encargarán a alguien que lo haga por ellos, y quien cuente la historia de otra persona se las apañará para meter la suya por el medio y tú serás muy sabio, sabrás más incluso que yo y más que cualquiera de esos que ahora mismo nos rodean y si lo haces bien, algún día ella te dirigirá la palabra, y si sigues haciéndolo bien, un día irás a un sitio que nunca nadie ha ido, con otra ella; la otra Ella. Aún no la conoces y nadie te dirá quien es, porque poca gente lo sabe, y quien lo sabe no lo comparte, y quien lo comparte lo desconoce. Aquí no se imparte más doctrina que la de disculparte o exculparte. Tú, parte tu propio bacalao y reparte estopa a quien quiera inculparte, pues necios los hay en todas partes, aunque aquí les da tiempo de contar bien pocas mentiras. Aparte de eso, no es un sitio para ignorantes.
Cada uno marca las reglas para con cada uno. Procura que las tuyas sean honradas, y la línea infinita, infinitamente recta y ascendente, que aunque se haga cuesta arriba, en la cima verás toda la llanura, o el valle, o incluso si eres afortunado, podrás ver el mar. ¡Quién viera el mar…!
Sí, el mar. No esa mancha de grasa de ballena y carbonilla donde el canibalismo se apodera de las gaviotas y ellas inocentes se vuelven tan peligrosas como el más fiero depredador de todas las edades y eones que se puedan imaginar. El mar es algo que atrae a la gente, una atracción especialmente expandida entre quienes paran por aquí. Gente variopinta e irrepetible. Es muy agradable cuando te acostumbras.
Por cierto, yo me tengo que ir, va a empezar el espectáculo. Deja, que ese vaso lo pago yo; a ver si se te borra pronto esa mueca de asco que parece que bebieras vinagre. Pide otro, pero esta vez inténtalo con un soneto, que si lo haces bien el esgarro será suyo y tú más afortunado aún. Ya me contarás cómo te va y nada de desmoralizarse. Nos vemos.
Sí, sí, y no te metas en líos que ya suficiente suerte tienes que te han abierto la puerta. No, no me interesa aún. Observa a tu alrededor. Cautela.
Y sí, no te tortures más, le has gustado. Pero ella no es lo principal. Prioridades amigo, prioridades.

lunes, 3 de noviembre de 2008

ASTUCIA E INDECISIÓN

Y ESE DÍA, LA INDECISIÓN VENCIÓ A LA ASTUCIA.
La astucia. Es la principal característica que realza a las personas y las hace respetables, dignas. No hay que poner el listón en lo perfilado de una nariz, lo azul de unos ojos, lo peinado de un cabello, lo musculoso de un brazo, la uniformidad o el brillo de una dentadura, el volumen de unos senos, la longitud de unas piernas, lo estilizado de una silueta, la pronunciación de una curva, la dulzura de una voz, la ausencia de vello, el contoneo de un esqueleto o la suavidad del epitelio. Tampoco, ni mucho menos, situarlo en el grosor de una cartera, la diversidad de posesiones inmuebles, lo desbordante de una nómina, lo afortunado de una herencia, la profundidad del agujero que guarda el cofre, la veintena de minutos, el número de tarjetas y lo limpias que estén, los quilates de las ornamentaciones, lo persa de un perfume, lo jurásico de unos zapatos, lo úrico de una mariscada, las docenas de un güisqui, la altura de una chistera o la cuerda de un peluco.
La astucia, el saberse comportar y actuar en las más espontáneas y variopintas situaciones. Es la gran virtud: adelantarse navegando a través de la virtualidad de la mente (que no necesariamente el virtuosismo) hacia un futuro próximo y lo menos hipotético posible, véase, lo más cercano a lo que después ocurrirá. Todo para actuar convenientemente, o correctamente, o sencillamente salir del mal trago tan airoso como el portero que ve un rebote en el larguero.
Lo malo de conocer una virtud es que tendemos de forma inconsciente a creernos poseedores de ella. Así me creí yo cierto día en cierta estación de buses, cierta noche después de un ciertamente cansino viaje, al encontrarme con un hombre, por qué no, peculiar; y cierto, también un tanto curioso. Mi mente empezó a actuar pero se le escapó de las manos la predicción y tuvo que ordenar salir por patas. Miedo a lo hipotético.
Al bajar del coche de línea, como dicen los viejos, una sensación fisiológica en el bajo vientre hizo que buscase con ansia el meódromo más cercano, y di con él. En la sala había un hombre, que no tardé en descubrir que iba a ser el segundo y celebérrimo protagonista de esta amalgámica situación.
Describirlo resultaría muy fácil, por lo menos la impresión que podría extraer de él a primera vista: un hombre de unos cuarenta y pico años, o por lo menos demacrado hasta esa edad, envuelto en pantalones y chupa vaquera, camisa arrugada y no porque se la vendiesen así, algo puesto de zapatos y unas gafas que lo salvaban de ser un yonqui en toda regla, haciendo ver que en el fondo tiene o ha tenido una vida en un principio favorable, pero que se fue de las manos o que no ha cuajado lo que se pretendía. Delgadez extrema, un ligero encorvamiento del conjunto vertebral, una cara pequeña de mandíbula saliente, dientes sucios, sonrisa torcida, nariz larga y tortuosa; eso sí, bien afeitada, bien por la casualidad o bien porque sus días son contrapuestos a sus noches.
Con su pelo corto, pero despeinado, detrás de unas entradas paulatinamente adversas, rondaba el espacioso, cargado y maloliente habitáculo que eran los pegajosamente azulejados baños de aquella estación de buses, como dicen los jóvenes. Así surgió el señor Lewis (vamos a llamarlo así), de uno de los cagaderos, justo en el momento en que yo esquivaba gaceleando con dificultad entre las lagunas de Ruidera, uno de tantos socavones orinados.
Después de cruzar su mirada con la mía, entró y salió, entró y salió, entró y salió, entró y salió de todos y cada uno de los cubículos dedicados a las cosas serias que se hacen en cualquier baño público.
Presentimiento: va a pasar algo. Acertado.
Se acerca a mí, inseguro como un perro callejero de dientes sucios y babeante que intenta cazar el ganso del parque, sabiendo que está bien jodido, que no lo puede conseguir, pero el hambre lo obliga a acercarse.
-¿Perdona, tienes papel?
Presentimiento: Ah, bueno, solo quiere hacerse un porro. Veremos que erróneo.
- Sí, claro, si esperas, que ahora me pillas ocupado.
De repente y misteriosamente, le entran las ganas de mear, y se sitúa en el recipiente contiguo al mío para llevar a cabo la ejecución de una desperdiciada lluvia dorada, al tiempo que se salta a la torera esa regla no escrita de dejar por lo menos un meadero entre el desconocido y tu persona, siempre que sea posible. Agresión.
Agresión que me hizo comprender por fin eso que se conoce como espacio vital; pero mayor y más violenta agresión todavía, fue violarlo totalmente encorvando aún más su escuálida espina dorsal de escualo para admirar mi poya. No quiero decir que sea algo admirable, sobre ello cada persona saca sus conclusiones. El señor Lewis así lo hizo, y descaradamente, por cierto. No es que echase una ojeada discreta para comparar, por simple aburrimiento. NO.
Presentimiento: Es un marica desesperado. Francamente, acertado.
La erección le duró hasta que clavé la mirada en sus lupas, esforzándome por parecerme a Frodo frente a Gollum, recurriendo a lo más adolescente de mi instinto, pues a los adolescentes se les da bien eso.
La reacción fue una ráfaga de sonrisa-decepción como un disco rayado, a una velocidad de vértigo. El perro se dio cuenta de que la oca también tiene dientes. Su complicidad se perdió con la lluvia, y quedó a merced del viento de mi compasión.
Había suficiente marrón como para gritarle unas cuantas cosas y destruir el débil resplandor de la escasa autoestima que le quedaba, pero no sería justo, o divertido, así que busqué en el zurrón (por no decir mariconera) el librillo y el brillo del OCB. No llegué a encontrarlo.
Señalando a su nariz o al ano que tenía por boca, soltó un flatulento murmullo acompañado de una metralla que, en estos casos, nunca hay tiempo de esquivar:
- ¿Ves? Lo tengo aquí.
La astucia había fracasado en su misión de existir, y me di cuenta caminando hacia casa meditando sobre la pintoresca situación. Pero antes, desenlace:
- Pasa de mi, colgao.
Postsentimiento: SÍ, ERA UN MARICA DESESPERADO Y FRACASADO, PERO SOLO QUERÍA SONARSE LOS MOCOS. EL RESTO, SERÍA UNA LOTERÍA. Qué mal me porté…

Mejor pensar un poco menos en la astucia, y más en la prudencia.