martes, 19 de octubre de 2010


TU TURNO:

Loco es quien haya estado en la playa sin pararse a buscar tesoros. Los tesoros son las cosas bonitas que se encuentran. Es preferible que no tengan dueño, y si lo tienen no debe ser un conocido; ya no serían tesoros sino parte de la familia. Aunque en caso de existir un dueño desconocido, puede llegar a ser un problema.

Da igual el valor de un tesoro, por definición es infinito en todos ellos. Evaluarlo sería mancharlo y hundirlo en el pozo negro de la economía, monstruo loco devorador que no conoce la belleza más que como aperitivo para el plato fuerte, la vida de los hombres. El simple hecho de encontrar un tesoro nos ilumina la cara con una alegría tal, que entendemos por qué algo así necesitaba una palabra tan bonita para ser nombrada.

Para encontrar un tesoro solo hay que echar a andar, seguir las aspiraciones, dejarse guiar por ellas. Los tesoros en la playa pueden ser muchas cosas, desde conchas y ojos vidales, cucos y esqueletos hasta boyas, redes, nasas y trozos de cosas que el hombre ha metido en el mar. Y no hay playa sin tesoros; solo para los locos que no quieren hacerles caso, los que no quieren agacharse a recogerlos, a bañarlos en el mar y admirarlos, imaginar y descubrir o no para qué servían antes de ser tesoros. Quitar el tapón o romper la botella y desenrollar el papel que contiene el mensaje.

Y lo son, de remate. Y sus vidas son tristes y fracasadas. Son guapos y son feos, ricos y pobres, listos o no tanto, jóvenes o viejos, pueden ser cualquiera. ¿Tienen cura? Claro que sí; muy difícil pero posible, en eso debemos creer los cuerdos. Esa gente, la gente que se ha rendido, la gente que resopla de furia porque es lo único que les queda, la gente que suspira de cansancio porque es todo lo que tienen, son los que han perdido el norte, las pasiones. Han olvidado los empecinamientos insistentes y hambrientos, ansiosos por conocer, por ir más allá, por descubrir que da igual cuánto se sepa, que lo mejor es encontrar el tesoro, el disfrutarlo y sonreírle y hablarle.

Aunque no lo sepamos o no nos parezca importante, la aspiración última es descubrir que todas las anteriores solo estuvieron ahí para encontrar tesoros, y solo de pasada. Darse cuenta al final de todo, de que lo que permanece con nosotros es el momento de encontrar cada uno de nuestros tesoros, el recorrido, lo bonito. Ser conscientes de que todo eso solo ocurrió porque teníamos aspiraciones, y fuimos a buscar las que no teníamos, y las seguimos hasta percatarnos de lo hermoso que ha resultado a toro pasado. Qué dulce, qué salado, qué luminoso y grácil. No importan ni la derrota ni los malos tragos, las líneas liadas o las vacas flacas; ni el moco de pavo.

Porque estamos cuerdos, hemos encontrado infinitos tesoros. Las sonrisas son un tesoro, las gracias, los buenos días, lo espléndido, la no contraprestación directa, los besos las caricias y algunos mordiscos, y los dientes que nos han mordido y sus bocas; los días, los que recién ha llovido, en los que lo vuelve a hacer, en los que han nacido niños, en los que no teníamos qué perder.

Bañarse en la playa es un tesoro, y bañarse desnudo, y secarse y encontrar tesoros. Un tesoro es saber que te quieren, y sentirse querido, y querer, y que sepan que los quieres. La familia, la soledad y la libertad; la cordura.

Tú lo eres.

La vida es un tesoro, y vivir es encontrarlo al fin; aunque no queramos, siempre que busquemos. Mantendremos la cordura, porque también es un tesoro inspirar a los derrotados.

Lo que nunca le faltará a ningún cuerdo, es algún loco que le escriba una carta y la meta en una botella. Atención al mar.

SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.

martes, 24 de agosto de 2010

ERES

De las sorpresas, la que más nos ha sorprendido; de las coincidencias, la que más hicimos coincidir, de las apetencias la más apetecida; de las satisfacciones la más satisfecha, la más loca de las bicocas. De las noches las más tardías madrugadas y de las mañanas, la más madrugadora.

De las retiradas la más cálida y la menos comprensible, el deber más ficticio y la ficción más indebida. La más indecisa de las negociaciones y de las indecisiones la más negociada; de los desnudos el más playero; de los sudores, el menos sudado. De los disparos el más acertado.

Sonrisa a la belleza, aún a lo que no es bello y no lo eres más que cuando lo haces. Perdón sin enfado, disculpa sin ofensa, cara sin cruz y distancia sin separación. El más largo de los viajes, que ha sido en bicicleta; la carcajada perpetua tractor de fantasmas musicales y visiones dantescas, inemergible, indesenterrable, insidiosa, insurrecta.

El pez que vivió en su burbuja, el caracol que definió su sexo, el río que subió del mar que más mareados dejó a los marineros y, a los salmones, más marinados.

Polvo de sótano, prenda de armario, mecha sin fin, ruina de casa, gloria del pasado de la luz de la cueva. Carrete sin caña y foto quemada, pólvora mojada. De tantos poderes el que más pudo ser, de tantos entenderes el que mejor se dio a entender entre tanta sordera, entre tanta cojera, entre tanto duro de pierna y tuerto de oído, largo de antena; torpedos fuera.

El celo ajeno, lección aprendida por la liebre que anduvo de paseo, sobrándole contoneo. El fogueo culatero que ni levantó la perdiz ni sentó la cabeza, que le siguió la corriente a quien no quiso dejarse llevar por ella. La alegría de la huerta.

Así eres, has sido, te he visto y te escribo. Que no venga a menos y que no se quede donde está, que la pecera solo lo es porque la limita el cristal. Pero eso no es problema, no hay altura sin escalera ni rayo sin tempestad. Navega, que yo te miro desde el otro lado del horizonte.


SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.


martes, 27 de julio de 2010

VIUDAS DE LA DUDA:

El amor se ha ido, la pasión desaparecido y esa chispa que nos unía quizás desvanecido. La exclusividad echada a perder, la virtud ultrajada y la picardía, antes cómplice carcajada hoy es cínica sarna. Esos kilómetros no son nada; ni nos separan, pero no la quieres la vida esforzada; y luego venir con esas, con duelos y chorradas. Nunca te diré pero has de saber que me siento ultrajada, cortejada por la espalda y apuñalada a la cara. Furioso bocajarro, feroz indiscreción, atroz devenir de flirteos dramáticos.

Ni siquiera la quieres, si quisieras la amabas y si la amases no dibujarías mis sonrisas en tu cara.

El mismo papa te vende las bulas ¡y vaya unas! Que te protegen de la responsabilidad con habilidad para escoger la coartada cierta, y en la manga descubierta siempre la excusa preparada.

Ya lo sabes, te lo di todo. Incluso lo que no supiste pedir, por lo que no preguntaste. Y ahora este robo dejándome aquí, imaginándome tu silenciosa huida hacia un árbol cuya sombra más se arrima, druida de otra copa, muérdago que con la misma delicadeza y hoz cortas, mago de otra sal, asesino de otro mirar, curandero que cocinas infusión del mismo costal.

Atravesando corredores llegas por la puerta grande amablemente invasivo como sólo tú sabes pero después, ladino, tanto como el mal trago del temporal capeado, del farol que deslumbra el tapete, sigues adelante abriendo la mano para soltar aquella que guiabas y conducías a través de las tierras quemadas. Continúas, desvergonzado, desapareces por praderas cultivadas de maíz y corazones a flor de piel, sentimientos talados de raíz, deseosos de barniz y olvidados por el hachís.

Y a tu paso quedas vacío de etílica alegría. Que no vuelva a crecer la hierba, que no vean mis ojos la caída de tu busto, la agonía de los rostros que besarás con tiento refractario e imaginario para después enterrar en polvoriento anticuario, almacén de tus pórticos abiertos, taller de tus amargos recuerdos y tumba de mi más esforzado empeño.

Soy consciente y sé que el mayor daño lo hace mi incapacidad para olvidar tu calor, que ni nace ni pace, el tesón abrumador que me enamoró, que junta mares y denota una diferencia oprimida bajo una desorientación que te colma de impaciencia.

Soñaré la envidia del portón al que eches llave; pero hasta aquella, recordaré que no eres malvado, y mi receta es que tengas buena estrella en el afilado de tu arado pues sólo me comprenderás cuando tu campo esté labrado y sembrado.

Ese día, harto del devenir entre la libertad y la soledad, la empatía inundará los amores arrastrados.

Y entonces comprenderás, y serás alguien que sí valga la pena amar.






SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ 21/12/2009