Eran casi las cuatro, de madrugada. La noche abierta de piernas sobre las luces de la ciudad. Una ciudad que carece de encanto, pero aquí estamos. Cómo me gustaría hablar de lo desgraciado que soy, de lo triste de ese día en el que tiré por la borda a una sirena de cantos mudos creyendo que así terminaría mi odisea.
Yo la miraba. Sus medias tenían una carrera, su abrigo estaba manchado y sus labios demasiado repintados. Olía a alcohol barato y sus pasos serpenteaban por las aceras de camino a mi casa, si se le puede llamar así. No me gustaba el panorama, pero había que hacerlo, había que afrontar las responsabilidades y zanjar las cuentas pendientes. Aparte de eso, en el fondo nos apreciamos y ese día solo fue una toma de conciencia, un bajar del olimpo a tierras mortales y verdaderas.
Donde las aceras que a ella le resultaban tortuosas se cruzan con los rectilíneos y metálicos senderos del ferrocarril, te encontramos a ti. Eras joven, y rubia, y guapa. La maratón de tus medias, tu abrigo destartalado y tus labios emborronados no decían nada bueno. Seguramente todos los olores, por rancios que fuesen, habían huido de tu compañía. No te quedaba nada. Te contorsionabas entre cantos amargos de agonía y desesperación. Sola, sentada a los pies del muro, en tu propio gueto, sollozabas, te morías.
Observamos cómo las escasas almas que arrastraban sus zapatos por tan siniestros parajes seguían de largo, ni se inmutaban. Tenías problemas, pero yo tenía los míos y ahí te quedaste, a mi pesar. Cada cual que atienda a su oficio. Entramos en el portal.
Debatimos, y tú también te debatías. Retrocedimos, nos acercamos, observamos y te ofrecimos cuanto estuviese en nuestra mano. Dijiste no necesitar nada, solamente soledad, que nos fuésemos, que vivías cerca, no había problema. Y una mierda.
Confiamos en los cuerpos del estado, llamamos a las autoridades competentes y dejaron en claro que no lo eran. Desde el balcón, allá abajo te levantaste al poco rato. Estabas demacrada. Reptaste como pudiste y te adentraste en el que sería tu tártaro, el portal de enfrente. Con esto la voz de la supuesta justicia y el orden público consideró el mal trago zanjado, y cortó la llamada. Ignorante.
Diste en medio de la escalinata con uno que se creía dios, un dios repugnante. No le rezaste; en todo caso a su madre, a la inocente madre que trajo tamaña bestia a este mundo. Rezaste con las palabras más atronadoras y los chillidos más desgarradores que haya oído jamás. Lo sé porque lo oí. Lo oí, lo oyó ella y lo oyeron unas cuantas almas, y sus zapatos que pasaban por allí, y otras tantas a las que indudablemente arrebataste de brazos de Morfeo. Pero nadie hizo nada, y yo también tenía mis problemas.
Acababas de firmar tu sentencia, acababas de condenarte, acababas de suicidarte. ¿Qué suicidio más inútil que ese? ¿Qué camino hacia la muerte más estúpido que el tuyo? No mereces nada, no lo mereces. No vales nada, no lo vales. ¿Por eso lo hiciste? ¿Por eso dejaste que ocurriese? Desconozco tus aspiraciones… pero lo que he visto no lo acepto, y no puedo comprenderlo. Puedes seguir gritando, puedo encontrarte mañana en la misma situación, en el mismo sitio, con las mismas medias, el mismo abrigo y el mismo dolor. Volveré a intentar ayudarte, pero no volveré a fiarme de ti, no volveré a dejar que lo repitas. Te devolveré tu olor. ¡No lo hagas! ¡No te suicides!
Desde el séptimo cielo, lo vimos todo. Se nos cayó el alma a los pies, pero teníamos nuestros problemas; los tuyos, ya los resolvería el periódico al día siguiente. Desde esa noche no follamos… ¿y tú?
¿Que fue de ti?
Yo la miraba. Sus medias tenían una carrera, su abrigo estaba manchado y sus labios demasiado repintados. Olía a alcohol barato y sus pasos serpenteaban por las aceras de camino a mi casa, si se le puede llamar así. No me gustaba el panorama, pero había que hacerlo, había que afrontar las responsabilidades y zanjar las cuentas pendientes. Aparte de eso, en el fondo nos apreciamos y ese día solo fue una toma de conciencia, un bajar del olimpo a tierras mortales y verdaderas.
Donde las aceras que a ella le resultaban tortuosas se cruzan con los rectilíneos y metálicos senderos del ferrocarril, te encontramos a ti. Eras joven, y rubia, y guapa. La maratón de tus medias, tu abrigo destartalado y tus labios emborronados no decían nada bueno. Seguramente todos los olores, por rancios que fuesen, habían huido de tu compañía. No te quedaba nada. Te contorsionabas entre cantos amargos de agonía y desesperación. Sola, sentada a los pies del muro, en tu propio gueto, sollozabas, te morías.
Observamos cómo las escasas almas que arrastraban sus zapatos por tan siniestros parajes seguían de largo, ni se inmutaban. Tenías problemas, pero yo tenía los míos y ahí te quedaste, a mi pesar. Cada cual que atienda a su oficio. Entramos en el portal.
Debatimos, y tú también te debatías. Retrocedimos, nos acercamos, observamos y te ofrecimos cuanto estuviese en nuestra mano. Dijiste no necesitar nada, solamente soledad, que nos fuésemos, que vivías cerca, no había problema. Y una mierda.
Confiamos en los cuerpos del estado, llamamos a las autoridades competentes y dejaron en claro que no lo eran. Desde el balcón, allá abajo te levantaste al poco rato. Estabas demacrada. Reptaste como pudiste y te adentraste en el que sería tu tártaro, el portal de enfrente. Con esto la voz de la supuesta justicia y el orden público consideró el mal trago zanjado, y cortó la llamada. Ignorante.
Diste en medio de la escalinata con uno que se creía dios, un dios repugnante. No le rezaste; en todo caso a su madre, a la inocente madre que trajo tamaña bestia a este mundo. Rezaste con las palabras más atronadoras y los chillidos más desgarradores que haya oído jamás. Lo sé porque lo oí. Lo oí, lo oyó ella y lo oyeron unas cuantas almas, y sus zapatos que pasaban por allí, y otras tantas a las que indudablemente arrebataste de brazos de Morfeo. Pero nadie hizo nada, y yo también tenía mis problemas.
Acababas de firmar tu sentencia, acababas de condenarte, acababas de suicidarte. ¿Qué suicidio más inútil que ese? ¿Qué camino hacia la muerte más estúpido que el tuyo? No mereces nada, no lo mereces. No vales nada, no lo vales. ¿Por eso lo hiciste? ¿Por eso dejaste que ocurriese? Desconozco tus aspiraciones… pero lo que he visto no lo acepto, y no puedo comprenderlo. Puedes seguir gritando, puedo encontrarte mañana en la misma situación, en el mismo sitio, con las mismas medias, el mismo abrigo y el mismo dolor. Volveré a intentar ayudarte, pero no volveré a fiarme de ti, no volveré a dejar que lo repitas. Te devolveré tu olor. ¡No lo hagas! ¡No te suicides!
Desde el séptimo cielo, lo vimos todo. Se nos cayó el alma a los pies, pero teníamos nuestros problemas; los tuyos, ya los resolvería el periódico al día siguiente. Desde esa noche no follamos… ¿y tú?
¿Que fue de ti?
1 comentario:
muy buena tu historia...pero hace mucho tiempo que no escribes... tus admiradores esperen mas...xxx
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